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«Cuando adopto a los niños, sé que van a morir»

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Luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en los Estados Unidos, ha existido un enorme estigma en contra de los musulmanes. Éste se ha incrementado con Donald Trump, quien incluso ha colocado a Libia, uno de los países de mayoría musulmana, en la lista negra del país.

Es precisamente de ese lugar de donde es originario Mohamed Bzeek, de 62 años, quien lleva más de dos décadas adoptando niños condenados a morir al encontrarse en etapas terminales de una enfermedad. Vive en una humilde casa en Los Ángeles y, aunque llegó en 1978 a Chicago y luego a Utah para convertirse en ingeniero, gracias a una beca del gobierno libio, su destino cambió al conocer a su esposa Dawn Bzeek.

Los abuelos de ella se dedicaban a dar acogida a niños necesitados, obra heredada a Dawn, quien cuando conoció a su esposo, ya realizaba esta labor. Fue gracias a ella que Mohamed tuvo su primera experiencia en 1989, y desde entonces ha recogido a cerca de 100 niños.

Pero fue en 1991 en donde recibió su primer y duro golpe, con la primera muerte de uno de sus niños. Se trataba de una niña hija de una trabajadora del campo, quien tuvo complicaciones en el embarazo por la inhalación de pesticidas. La menor murió un 4 de julio, antes de cumplir siquiera un año de edad.

Su vida no ha sido fácil, tiene un hijo de 19 años de edad que nació con enanismo y osteogénesis imperfecta, mal conocido como huesos de cristal y estudia ciencias de la computación en una universidad cercana.

En el 2010 le diagnosticaron cáncer de colon, del que fue operado, y en el 2013 su esposa murió. Sin embargo, él no se queja, siempre tiene una sonrisa y se siente agradecido por poder ayudar a tantos pequeños.

Actualmente se hace cargo de una niña de 6 años de edad, quien es ciega y sorda, además, sus brazos y piernas están paralizados, pesa sólo 15 kilos y sufre convulsiones diarias. La única manera de hacerle saber que está ahí, es acariciándola. Aunque cuenta con enfermera, él la procura, sobre todo cuando se queda solo a partir de las 4 de la tarde y fines de semana.

No revela su identidad debido a que la ley lo prohíbe, ni habla de sus padres, a quienes conoce. Pero para el último cumpleaños de la pequeña, ya no aparecieron, pero Mohamed sigue y seguirá estando ahí para ella.

De hecho, relata, aunque muchos padres procuran a sus hijos, otros los dejan abandonados. Mohamed se convierte en su padre adoptivo por el resto de sus días, incluso ha adoptado legalmente a 4 de ellos.

Pero no todo ha terminado en muerte, pues algunos de ellos han logrado salir adelante y tienen vidas normales. Uno de ellos, quien su mujer recibió con sólo dos semanas de edad antes de que se conocieran, ahora tiene 32 años y lo llama padre, pues es su única familia.

Mohamed dice que no hace esto por reconocimiento, ni siquiera sus vecinos saben de la bella labor que realiza. Tampoco por el dinero, pues el gobierno lo apoya económicamente, sino por sus creencias musulmanas. Él quiere a los niños como si fueran suyos, toma fuerza de su fe y lo hace de corazón, menciona.

Los únicos que saben de su labor son los miembros del Departamento de Servicios Infantiles y Familiares del Condado de Los Ángeles (DCFS, por sus siglas inglés). Lo consideran único y hasta lo llaman el hombre más compasivo de Estados Unidos.

A un par de kilómetros de su casa, se encuentra el cementerio en donde ha enterrado a todos sus niños. Suele ir ahí a sentarse y reflexionar: “Pienso seguir ayudando a niños en fase terminal mientras la salud lo permita. Es mi obligación”.

Así es la vida de Mohamed, el hombre más compasivo de América, lo cual contrasta en mucho con la imagen que las personas y gobiernos han creado de los musulmanes.

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